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Dicen los antropólogos que uno de los usos que tuvo la música en los principios de la naciente humanidad está ligado al surgimiento de la espiritualidad y al poder que se le otorgó para ayudar a trascender el mundo material y lograr cambios más allá de lo que el hombre podía evidenciar físicamente con los recursos que disponía en ese momento.

A la música se le atribuyeron poderes mágicos y fue de allí que surgió la creencia de que podía ayudar a curar enfermedades, ya fuera a través de los cantos místicos entonados por el sacerdote o médico de la tribu (de ahí proviene la etimología de la palabra “encantamiento”), o a los estados de trance que se ocasionaban individual o colectivamente al compás de los tambores ancestrales.

Con los avances de la tecnología hoy hemos podido constatar que nuestros primitivos congéneres humanos no estaban tan equivocados y es así como las modernas imágenes de resonancia magnética nuclear, que se obtienen en tiempo real del cerebro de una persona que escucha o que hace música, nos demuestran que la actividad musical tiene incidencia en procesos y áreas específicas del cerebro. Y dado que el cerebro es el principal órgano de control del cuerpo humano, entonces podemos afirmar con plena certeza que la música tiene el poder de afectar la totalidad de nuestro ser y por tanto nuestro estado de salud en general.

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La historia musical individual

Todos hemos experimentado de una manera vivencial ese poder que tiene la música para modular nuestro comportamiento o la forma de sentirnos, y es así como nos encontramos con que hay piezas musicales que nos incitan a bailar y otras que nos ayudan a adquirir estados de serenidad, o canciones cuya letra y melodía nos ayudan a reflexionar y alcanzar diversos estados de ánimo, que como sabemos pueden tener efectos directos sobre nuestro estado físico e intelectual.

Sin embargo, aquí surge una diferencia importante respecto a lo que pensaban los antiguos, y es que se ha establecido que la historia personal musical es individual y única, lo cual quiere decir que aunque hay obras musicales que compartimos dentro de grupos sociales específicos, como por ejemplo las canciones tradicionales de un país o una región, no todas las personas reaccionan de la misma manera a todos los tipos de música. De esa forma, una canción que a una persona le puede producir alegría, a otra le puede ocasionar recuerdos tristes o viceversa.

Tampoco podemos fiarnos de algunos “recetarios musicales” que nos ofrecen a veces con la promesa de afirmaciones como “escuchar esta música te hace más inteligente” o “esta música te cura la depresión”, ya que cada persona tiene una forma diferente de asimilar y de relacionarse con los diferentes tipos de música; por esta razón resulta irresponsable prometer un efecto tan específico sin considerar la individualidad de las personas y su historia musical particular.

¿Por qué hay musicoterapeutas?

Hacia mediados del siglo XX y ante el surgimiento de evidencia científica que demostraba las posibilidades de la música para mejorar la salud, se hizo palpable la necesidad de que existieran personas capacitadas profesionalmente para utilizar la música con este propósito. De allí nacieron los primeros programas profesionales y las primeras asociaciones de musicoterapeutas, algunas de talla mundial como la World Federation of Music Therapy, que buscan que cada vez la disciplina musicoterapéutica tenga un mejor reconocimiento por parte de la comunidad médica y los sistemas de salud en todo el mundo.

Algunos campos de aplicación de la musicoterapia incluyen a recién nacidos, niños con condiciones diferenciales como síndrome de Down, autismo, parálisis cerebral, etc.; niños con problemas de comportamiento o de baja atención; adolescentes y jóvenes en condición de vulnerabilidad socioeconómica; adultos sanos que quieren utilizar la música como herramienta para su autoconocimiento y realización personal; madres gestantes que se preparan para traer un nuevo ser al mundo, y muchas otras…

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Una sesión de musicoterapia

Es importante anotar que el diseño de sesión puede cambiar mucho, ya que en dependencia del contexto se puede adaptar para un paciente individual o para un grupo de personas. De igual manera es esencial tener en cuenta que el objetivo principal también puede variar, puesto que puede ser de tipo emocional, físico o social. Aun así existe una especie de marco general que permite adaptarse a las necesidades del paciente o grupo.

Un posible esquema básico puede ser así:

• Calentamiento o caldeamiento: puede ser una actividad de saludo o activación corporal con apoyo de la música en el caso de los grupos, o una pequeña charla de retroalimentación en el caso de los pacientes individuales.

• Actividades de autorreconocimiento: pueden realizarse a través del cuerpo, de la voz o de los instrumentos musicales. Permiten que la persona o el grupo tome conciencia de su estado actual y detecten si hay algo que quieran transformar a lo largo de la sesión.

• Actividad interpretativa o improvisativa: Se puede constituir en el núcleo principal de la sesión, es el momento en el que se pueden lograr los cambios más significativos. Se puede realizar a través del uso de los instrumentos, de la voz o del movimiento corporal.

• Relajación: Se puede finalizar con una actividad receptiva, es decir, una donde el papel del musicoterapeuta consiste en inducir al paciente o grupo en un estado en que el que pueda escuchar música le ayude a relajarse y descansar física y emocionalmente.

• Cierre o despedida: Es algo que generalmente es muy corto pero no deja de ser significativo, indica que el paciente o grupo da por terminada la sesión y se alista a volver a su cotidianidad.

Para obtener beneficios

Aunque todas las personas se pueden beneficiar de los efectos de la música, a través del simple hecho de utilizarla para relajarse, divertirse o por el placer de aprender a cantar o tocar un instrumento, el acudir a un musicoterapeuta es una decisión que puede afectar la salud por lo que es importante buscar una persona que tenga acreditación profesional por parte de una universidad o institución especializada. Se requiere de un musicoterapeuta plenamente capacitado que pueda ofrecer una intervención responsable, respaldada en conocimiento científico y en el uso de protocolos éticos y clínicos que garanticen la calidad y pertinencia del tratamiento.

HectorWolfgangPor Héctor Wolfgang Ramón
Músico percusionista, magíster en Musicoterapia
www.musicoterapia.la
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