Diásporas literarias: genealogías del desplazamiento (Parte 2)
ADRIAN R. MORALES
EDITOR DE CONTENIDO Revista Bohío
adrian_r_morales | ADRIAN.EDITOR@GMAIL.COM
Si la primera entrega exploraba el exilio como una herida que exige memoria y pensamiento crítico, esta segunda parte observa cómo la vida fuera del país de origen termina reorganizando la relación con la lengua, el oficio y la experiencia cotidiana. La diáspora no solo desplaza cuerpos: también transforma ritmos, amplía imaginarios y obliga a reescribir la pertenencia.
Las conversaciones reunidas aquí muestran cómo esa transformación ocurre en registros muy distintos. En unos casos la escritura se nutre de otros oficios de la palabra —la lexicografía, la edición, la investigación cultural— y desde allí regresa a la poesía con una conciencia más aguda del lenguaje. En otros, la experiencia migratoria se filtra en la memoria familiar, en la música popular, en el paisaje del mar o en la mezcla inevitable de acentos y vocabularios que acompaña a quienes reconstruyen su vida en otra orilla.
Lejos de concebir la diáspora como fractura definitiva, estas voces sugieren otra lectura: la lengua crece con el desplazamiento y la identidad se vuelve más porosa. Entre recuerdos de infancia, bibliotecas que quedaron atrás, nuevos ritmos caribeños y redes culturales que se tejen en el exilio, la escritura aparece como una forma de reorganizar el mundo.
Este segundo tramo prolonga el mapa iniciado en la primera entrega: un archivo de testimonios donde la literatura muestra que el tránsito no es únicamente pérdida. En esa intemperie —hecha de memoria, distancia y nuevas pertenencias— la escritura encuentra también una forma de recomponer la vida.
Rosa Silverio: la herida que se vuelve orfebrería

El silencio en la obra de Rosa Silverio (Santiago de los Caballeros, 1978) nunca es ausencia de sonido, sino el preludio de una revelación. Para ella, escribir constituye un acto de desobediencia y, al mismo tiempo, un ejercicio de rescate. Hay en sus versos una humedad antigua, la de aquel techo de zinc en Matanzas donde la lluvia golpeaba con la fuerza de un dictado biológico. Pero también hay una frialdad lúcida, la de quien ha tenido que cruzar el océano para encontrar, en la distancia de Madrid, la libertad necesaria para nombrar el acoso, el duelo y las sombras del poder.
Ganadora del Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña y del Letras de Ultramar, Silverio se sitúa hoy como una figura central en la literatura dominicana de la diáspora. Su voz no busca la complacencia del aplauso; busca la transformación del lector a través de una confesión que, aunque parezca nacer de la entraña, es el resultado de un trabajo riguroso de selección y ritmo. Estamos ante una autora que ha hecho del exilio su trinchera y de la palabra su única casa verdadera.
El cafetal y el rocío: la génesis del imaginario
El origen de la sensibilidad poética de Silverio no se encuentra en las bibliotecas, sino en el campo de su abuela Reya. En ese entorno rural de Matanzas comenzó a construir de pequeña un inventario de sensaciones que hoy sostiene el andamiaje de su obra.
«Recuerdo la casa con techo de zinc donde se escuchaba el golpetear de la lluvia cuando el cielo se desaguaba», evoca. «El fogón de leña, el pilón donde machacábamos el café del cafetal del viejo Luis, el olor del tabaco secándose en el rancho». A ese paisaje pertenecen también el canto de las chicharras, la mata de mango que sombreaba el patio y el perro Bucanero que acompañaba las tardes familiares.
Ese repertorio de imágenes terminó por convertirse en el primer archivo emocional de su poesía. En su obra el pasado no funciona como refugio nostálgico, sino como una fuente de lucidez. El ritual de limpiarse los ojos con el rocío de las hojas de yuca al amanecer aparece en sus versos como metáfora de la mirada que el artista
debe preservar. Esa memoria rural le permite mantener un pie en la isla incluso cuando su vida transcurre en la geografía urbana de España.
La confesión poética: entre el testimonio y la invención
Silverio se adscribe a la corriente confesional, pero su manejo del «yo» poético exige una lectura atenta que no caiga en el error biográfico. «Escribo lo que me va pidiendo el poema y no solo recreo, sino que creo», afirma. Para la autora, el poema es un espacio donde la realidad se expande gracias a la inventiva. Puede hablar de vicios que no posee o de experiencias ajenas como si fueran propias, porque la fuerza del texto reside en la verosimilitud emocional, no en el dato estadístico.
En este ejercicio de desnudez literaria, Silverio rechaza la autocensura. El pudor, a su juicio, es una trampa que limita la profundidad de la experiencia sensitiva. «Siempre hay detalles que se quedan en el tintero», admite, aunque procura no dejar que la prudencia empobrezca el poema.
Insiste en que la emoción necesita disciplina: «El poema no debe ser un vómito, sino una experiencia sensitiva profunda y transformadora». Su paso por el periodismo también influyó en esa relación exigente con el lenguaje. «Del periodismo aprendí a sintetizar y a escoger mejor las palabras», explica. Esa formación dejó una huella visible en su escritura: versos depurados, economía expresiva y una atención constante al peso específico de cada término.
Huerga & Fierro: el puente que rompió el aislamiento
La trayectoria de Rosa Silverio en España tiene un punto de inflexión decisivo: su encuentro con Antonio J. Huerga y Charo Fierro. Esta editorial, referente de las letras en español que en 2025 cumplió medio siglo, se convirtió en el hogar literario de la autora tras un «flechazo instantáneo» que la llevó a publicar Matar al padre bajo su sello.
La historia editorial tuvo su giro inesperado. Cuando envió el manuscrito a varias editoriales españolas, una de ellas llegó a ofrecerle contrato. «Lo firmé», cuenta. Poco después recibió la llamada de Antonio Huerga. «Algo en su voz me dijo que esa era la editorial». Con la ayuda de su entonces esposo, el abogado Miguel Ángel, logró rescindir el acuerdo y publicar el libro en Huerga & Fierro.
Ese gesto marcó un precedente. «Yo fui la primera escritora dominicana publicada por Huerga & Fierro», señala con orgullo. Lo que comenzó como un vínculo profesional se convirtió en una alianza literaria que ha abierto el catálogo de Huerga & Fierro a autores dominicanos en el mercado europeo. Charo y Antonio, a quienes Rosa describe como «dos quijotes modernos», han demostrado una pasión por la literatura que ignora fronteras. Cada año, su llegada a la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo representa una esperanza para los autores locales, pues ellos se han convertido en una ventana de legitimación y respeto que a menudo escasea en nuestro territorio.
El acto político de asesinar al patriarca
En su poemario Matar al padre, Rosa realiza un acto quirúrgico sobre las estructuras sociales que moldean la violencia. La premisa de que «lo personal es político» guía el tránsito del duelo por la muerte física del progenitor hacia una crítica profunda al machismo. La formulación, recuerda, procede de un ensayo de la feminista Carol Hanisch publicado en 1970. A partir de ese principio, el padre deja de ser solo una figura familiar para convertirse en un símbolo de estructuras culturales que se reproducen de generación en generación.
«Mi padre fue el producto de una sociedad marcada por el machismo, la indiferencia y el abuso de poder», afirma. La obra se aleja así de la mera experiencia individual para reflejar un dolor colectivo que atraviesa la historia social dominicana. La publicación del libro coincidió con un periodo de fuerte movilización social en España. El movimiento del 15M, que ocupó plazas y calles en varias ciudades del país, influyó de forma directa en su conciencia política. «El 15M me ayudó a reconocer y levantar mi voz», recuerda. Ese contexto reforzó su convicción de que la poesía puede dialogar con los conflictos del presente sin renunciar a la exigencia estética.
En otros trabajos como Mujer de lámpara encendida, Silverio equilibra esa urgencia de denuncia con una exigencia estética innegociable. «No quería sacrificar la orfebrería, la belleza del poema para que prevaleciera el discurso político». Su intención es evitar el panfleto y convertir la protesta en una experiencia estética duradera.
La diáspora como liberación y espacio crítico
La decisión de residir fuera de República Dominicana no se limitó a la búsqueda de nuevos horizontes; respondió a un entorno cultural que la autora describe como asfixiante. «Yo sí puedo decir que he vivido acoso y que ha sido terrible», afirma con franqueza. Ese ambiente influyó en su decisión de marcharse. En España encontró un ambiente distinto para ejercer su voz.
«Para mí fue muy liberador poder vivir en una sociedad que respetaba mi espacio personal». Desde la distancia, dice, su escritura cambió. «Antes ya era contestataria, pero después de emigrar comencé a escribir con más propiedad». La experiencia del desplazamiento transformó su relación con la identidad. Silverio reconoce que emigrar implica una ruptura dolorosa, a la vez que abre nuevas posibilidades de crecimiento. «A veces nos aferramos tanto a la raíz que olvidamos que también podemos florecer y volar».
Antologar para combatir el silencio
El compromiso de Rosa con sus contemporáneas se cristalizó en la antología No creo que yo esté aquí de más. En este volumen, publicado por Huerga & Fierro, la autora reunió a cuarenta y siete poetas vivas para demostrar la fuerza de la escritura femenina dominicana. «Quise incluir solo poetas vivas, mayores de treinta años y con al menos un libro publicado», explica. El criterio buscaba presentar voces con una trayectoria definida. «La idea no era hacer algo exclusivo».
Al priorizar a autoras residentes en el país y en la diáspora, Silverio rompió con los esquemas de exclusión que suelen regir este tipo de proyectos. Al mismo tiempo señala la deuda que la crítica mantiene con figuras olvidadas como Melba Marrero de Munné o Carmen Natalia, relegadas durante años por razones políticas o de género. Desde su labor como editora y fundadora de Querer Editorial, así como desde el periodismo cultural, Rosa ha contribuido a mantener abiertas esas discusiones.
El ritmo urbano y la permanencia de la raíz
Vivir en distintos barrios de Madrid ha aportado un matiz urbano a la poesía de Silverio, pero la naturaleza sigue presente como una obsesión constante. Los árboles y las flores se mezclan con el asfalto madrileño en un diálogo que enriquece su lenguaje. A pesar de los premios y del reconocimiento internacional, se define como una mujer cercana que rehúye el aura de misterio que algunos poetas adoptan tras el éxito. Para ella, la literatura es un oficio de cercanía y testimonio.
El exilio dejó una huella visible en su obra. La tristeza dejó de ser un episodio para convertirse en materia de reflexión y de forma. Entre la memoria de Matanzas y los años fuera del país, la poesía de Rosa Silverio continúa interrogando el vínculo entre raíz y distancia.


Bismar Galán: de la Sierra Maestra al Ozama, la escritura como territorio de libertad

Bismar Galán nació en un paraje de la Sierra Maestra, en el oriente de Cuba, donde la palabra escrita apenas tenía presencia cotidiana. En aquella zona rural los periódicos no llegaban y la escuela quedaba lo bastante lejos como para convertir cada jornada escolar en una travesía. Aprendió a leer y escribir a los ocho años. Antes de eso conoció el mundo por otros caminos: la memoria oral de la familia, la observación del paisaje y la vida comunitaria de la montaña.
Ese punto de partida vuelve sorprendente la trayectoria posterior. Galán ha publicado más de cuarenta libros entre narrativa, poesía, literatura infantil, ensayo pedagógico y textos de reflexión cultural, obra que además le ha valido múltiples premios literarios. La cifra adquiere otra dimensión cuando él mismo recuerda sus orígenes con ironía: «Se supone que yo no debería ser escritor».
En su infancia tampoco existió una biblioteca que despertara una vocación temprana. Hubo monte, silencios largos y una familia amplia que enseñó a escuchar historias. También una hepatitis que lo obligó a pasar largos periodos de reposo cuando era niño. Mientras otros corrían por los caminos de la sierra, él debía permanecer en casa. Aquella circunstancia, que entonces pareció una desventaja, terminó por convertirse en un estímulo inesperado para la imaginación.
Con los años comprendió que ese conjunto de recuerdos constituía su verdadero capital narrativo. «En la Sierra Maestra bebí de las maravillas de la naturaleza y de una familia amplia y amorosa», rememora. De ese mundo surgieron las primeras materias de su literatura, una reserva de imágenes y experiencias que más tarde aparecerían transformadas en cuentos, poemas y relatos dirigidos a lectores jóvenes.
Hoy se define como «domínico-cubano». El orden de las palabras no responde al azar. Aunque conserva el orgullo por su origen serrano, Quisqueya ocupa un lugar decisivo en su biografía. «En República Dominicana he contado con derechos que no tuve allá y con el mayor respeto como persona y como profesional», afirma el también director de Posgrado del Instituto Superior de Formación Docente Salomé Ureña (Isfodosu). Luego resume su experiencia con una frase reveladora: «Aquí he alcanzado la riqueza más importante para un ser humano: libertad».
La diáspora, geografía cambiante
Galán llegó a Santo Domingo en 2002. Su historia no encaja con facilidad en las categorías habituales de exilio político o emigración económica. Prefiere hablar de la diáspora como un espacio donde la identidad se transforma con el tiempo y con el contacto entre culturas. «Siempre he visto la diáspora como un territorio dinámico que termina por decidir quién eres», explica.
Durante ese proceso descubrió afinidades culturales que antes no había considerado. Cuando alguien le comenta que su forma de hablar no suena igual que la de muchos cubanos, responde con una observación sencilla: «Los habitantes del oriente de Cuba comparten giros y cadencias que recuerdan al español dominicano». Además, Santiago de Cuba, la ciudad más cercana a su región natal, se encuentra geográficamente más próxima a Santo Domingo que a La Habana. Ese detalle refuerza una sensación que ha crecido con los años: la de pertenecer a dos orillas del Caribe que comparten más rasgos de los que suele reconocerse.
El barrio que lo recibió
Cuando llegó a la capital dominicana se instaló en el sector Simón Bolívar. El impacto inicial resultó intenso. La ciudad ofrecía una energía que contrastaba con la vida rural de su infancia y con la atmósfera más contenida de la Cuba que había dejado atrás. Las calles llenas de anuncios, el ruido constante del tránsito, los vendedores que recorrían el barrio con pregones y el olor de la comida que escapaba de cada esquina componían un paisaje urbano que lo desbordó durante los primeros días.
Sin embargo, el mayor impacto no provino del paisaje urbano, sino del trato de la gente. Durante las primeras semanas le costaba comprender la forma en que los vecinos se relacionaban con un recién llegado. «No comprendía tanta risa, tanta alegría, tanto buen trato hacia un extraño», recuerda. Con el tiempo descubrió que esa hospitalidad forma parte del carácter dominicano.
Quiso entender las costumbres, las tradiciones culinarias y las expresiones populares que encontraba en su vida diaria. Desde el sancocho hasta la pasión por el béisbol y el Licey, cada elemento ofrecía una pista sobre la sociedad que lo había recibido. Comprender esa cultura representaba también una forma de gratitud hacia la comunidad que le abrió las puertas.
Contra las probabilidades
La formación literaria de Galán no comenzó en la infancia. Llegó después, en el municipio cubano de Contramaestre, donde conoció el grupo literario Café Bonaparte, espacio donde encontró debate, crítica y estímulo para continuar escribiendo. Entre las figuras que influyeron en su desarrollo menciona a Eduard Encina y a Juan Carlos Rosario, conocido como Juanca. «Sin ese entorno de lectores y amigos mi obra habría tomado otro rumbo», asegura. Cuando salió de Cuba llevaba consigo una semilla literaria. En República Dominicana encontró el terreno donde esa semilla pudo crecer y transformarse. «Aspiro a que cada nueva obra sea un chin mejor», expresa con su distintivo humor.
La experiencia de la diáspora también influyó en su manera de concebir la escritura. Al hablar de la libertad creativa que encontró fuera de Cuba, responde con una fórmula que resume su visión personal: «Para escribir lo que hace falta es musa y excusa». En Cuba, recuerda, abundaban las excusas, muchas ligadas a las dificultades que enfrentaban él y su familia. Sin embargo, faltaban otras condiciones esenciales para la creación literaria: «Faltaba el estímulo, la posibilidad de publicar y, además, existía el freno de tener que hacerlo apegado a los dictámenes de la doctrina comunista».
República Dominicana cambió ese panorama. «Escribir desde Santo Domingo ha significado hacerlo desde la libertad, sin frenos a la creatividad y el ingenio». Por esa razón tomó
una decisión que considera fundamental en
su vida: «Solicité la nacionalidad y esa condición de dominicano la atesoro desde 2006. Por eso
mi gran y creciente amor por esta tierra y
su gente».
La educación como misión
Además de su trabajo literario, Galán ha dedicado gran parte de su vida a la educación. Su interés principal se centra en la alfabetización inicial y en los métodos para enseñar a leer de manera eficaz. Defiende el método fónico-analítico-sintético, utilizado durante décadas en Cuba para enseñar lectura. A su juicio, los altos niveles de alfabetización que alcanzó la isla durante buena parte del siglo XX guardan relación con esa metodología. «El enfoque no basta», afirma. «La enseñanza de la lectura requiere un método que conduzca al estudiante desde el sonido hasta el texto».
Ese planteamiento aparece en su libro Del sonido al texto, donde examina las bases de ese sistema pedagógico y su posible aplicación en otros contextos educativos. En su opinión, el punto central de cualquier proceso educativo se encuentra en la figura del maestro. «Si el profesor habla con descuido o escribe mal, el daño se reproduce en el aula», advierte. «El docente debe mantener un estándar lingüístico que sirva de referencia para sus estudiantes».
La marca de la experiencia cubana
Las opiniones de Galán sobre liderazgo y gestión institucional nacen también de su experiencia personal en Cuba. Durante años trabajó dentro de un sistema político que determina con rigidez la estructura de las instituciones públicas. «Trabajé dentro de ese sistema y ocupé posiciones que exigían coherencia con las normas ideológicas del régimen», explica. Al recordar aquellos años utiliza una imagen que resume el efecto de ese proceso de formación política: «Recibí la vacuna más terrible que puede recibir un individuo. Me inocularon profecía y miedo en lo más profundo del ser, como han hecho con muchas generaciones de cubanos».
Cuando logró establecerse en República Dominicana decidió que su forma de dirigir equipos debía ser distinta. Esa reflexión aparece en su libro Gestión y liderazgo desde las emociones — publicado por Isfodosu—, donde propone un modelo de dirección que coloca a las personas en el centro de cualquier organización. Durante su etapa en Cuba, recuerda, la estructura institucional dejaba poco espacio para la dimensión humana.


La literatura desde la herida
La experiencia migratoria dejó huellas profundas en su obra literaria. Muchos de sus textos infantiles y juveniles nacen de su propia biografía y de las emociones asociadas al desarraigo. Uno de esos episodios aparece en la novela Padre mío, que lejos estás, donde aborda el dolor de
la separación familiar y la reconstrucción del hogar en tierra extranjera. Cuando salió de
Cuba no sabía si las autoridades le permitirían regresar, una incertidumbre que ha acompañado a muchos emigrantes.
Su caso tiene un peso doloroso. Se marchó sin saber si podría regresar algún día y dejó a toda su familia atrás. «No pude ir cuando mi vieja murió», recuerda, y en esas pocas palabras cabe todo el desgarramiento del exilio. También relata que durante algunas visitas posteriores a la isla fue acosado por la seguridad del Estado. En uno de sus textos resumió esa vivencia con una frase breve y brutal: «Escapar es una herida». Esa herida deja manchas en las emociones y termina filtrándose en la escritura.
Los rostros de la reconstrucción
Galán describe la historia reciente de Cuba con una frase contundente: «Un huracán que ha soplado durante 67 años». A partir de esa imagen surge una pregunta inevitable sobre el futuro de la isla: qué le gustaría contar sobre la reconstrucción de su país natal una vez que ese ciclo llegue a su fin. Su respuesta se aparta de los discursos políticos y se concentra en algo más íntimo: «Cualquiera que sea el giro de la historia y el grado de ficción que se le pueda imprimir, creo que la esencia sería el rostro de la gente».
Durante sus viajes a Cuba y en sus conversaciones con quienes viven allí hay un detalle que lo impresiona. «Lo que más me llama la atención es la tristeza, el desaliento, el inocultable dolor en sus rostros». Por eso imagina el momento del cambio como una transformación visible en esas expresiones humanas: «Después del inminente cambio, de la inaplazable libertad, habría que captar el sentir de la gente, la variación que seguramente van a sufrir esos rostros mustios y plegados».
Entre la memoria de la Sierra Maestra y las aguas del Ozama, ha construido un territorio personal donde confluyen dos culturas caribeñas. Desde ese espacio continúa su obra y su vida intelectual. Y, a pesar de las distancias y las heridas, ha logrado construir un hogar donde la palabra, al fin, es soberana.
María Carla Picón: la lengua, patria portátil del exilio

En la obra de María Carla Picón Chaparro el lenguaje no constituye un instrumento pasivo, sino un territorio vivo donde el pensamiento, el deseo y la memoria se disputan sentido. Lexicógrafa de formación y poeta por vocación, su escritura nace en el punto exacto donde la disciplina del diccionario se encuentra con la libertad del poema. Allí, la lengua se examina con rigor intelectual y, al mismo tiempo, se abre a la intuición, al temblor y a la imagen.
«La materia prima del poema sigue siendo la palabra», afirma. La frase parece una declaración de principios. Para Picón, la poesía es un trabajo que exige atención profunda al funcionamiento del lenguaje, lejos de cualquier desbordamiento emocional sin estructura. En su trayectoria, la lexicografía y la lírica no aparecen como territorios opuestos. «Más allá del ritmo o la belleza del poema, la poesía parte del lenguaje y de las relaciones que se establecen para resignificar las palabras, tanto de forma individual como conjunta». La observación revela una parte central de su estética: la convicción de que cada palabra contiene una historia y una red de significados que el poema puede revelar o alterar.
El desplazamiento: fractura y aprendizaje
Picón llegó a República Dominicana en 2016. La decisión de emigrar respondió a una circunstancia compartida por millones de venezolanos: el colapso político y social del país. «Venezuela se volvió política, social, económica y moralmente invivible», indica sin rodeos.
La migración tuvo también una dimensión pragmática. Su familia identificó una oportunidad empresarial en el área médica y decidió replicar en Santo Domingo un modelo que había funcionado en Caracas. Así nació Biotemca, una empresa especializada en servicio técnico para equipos de contraste radiológico.
Sin embargo, la migración nunca se reduce a la economía. Implica una reorganización profunda de la identidad. Picón lo resume con una imagen que atraviesa su obra poética: «Los venezolanos somos una colección de piezas rotas». La frase no expresa derrota. Describe un proceso de recomposición. «La vida se vuelve una suerte de rompecabezas inconcluso que hay que completar con piezas nuevas», reflexiona. El exilio introduce rupturas —familiares, geográficas, afectivas—, pero también obliga a reconstruir la propia biografía.
Ese proceso tuvo un momento de claridad para la autora durante un viaje a Buenos Aires, en 2023, cuando se reencontró con su madre y sus hermanos, también emigrados. «Ahí viví el verdadero duelo», recuerda. «Era separarnos de nuevo sin saber cuándo sería la próxima vez». En ese instante comprendió hasta qué punto la distancia había transformado su vida cotidiana: «Internalicé que mi hija ha crecido en soledad, que sus tíos y su abuela la vieron crecer a través de fotos y videollamadas». La poesía apareció entonces como un espacio de reorganización interior: «Se volvió un medio para colocar lo que sentía, darle forma, voz, ordenarlo y resignificarlo».
La lengua como casa
En la vida diaria Picón conserva muchos rasgos lingüísticos de su origen. En Santo Domingo dice «bolsa» donde los dominicanos dicen «funda» y «papelera» donde otros dirían «zafacón». También prefiere «parchita» a «chinola». Son elecciones pequeñas, casi invisibles, pero cargadas de significado.
La lengua funciona como una forma de continuidad con el pasado. Sin embargo, esa fidelidad convive con la integración cultural.
«He tratado de asimilarme a la dominicanidad, cosa nada difícil dada la afinidad caribeña
que tenemos». El resultado es una identidad híbrida. Curiosamente, fuera de la isla ocurre
lo contrario: «Cuando viajo a otros países aparece la dominicana que he ido integrando». La lengua revela así una dinámica compleja. No se trata de elegir entre pertenencias; se trata de asumirlas todas.
Picón rechaza la idea de que la lengua se fracture en la diáspora. «No creo que la lengua se fisure. La lengua crece», atestigua. Cada incorporación —una cadencia, un lexema, un giro— amplía la identidad del hablante. El español mismo constituye una prueba de ese proceso. «Nuestro idioma tiene miles de voces del árabe, del latín, de lenguas amerindias. La lengua es el resultado de una integración permanente».
La poesía que roza
Para Picón, la poesía no explica: toca. «La poesía roza», y ese roce puede producir placer o dolor. «Se parece a una caricia que convoca, seduce, invita a sentir, a imaginar, a cuestionar». En ese gesto reside la experiencia poética. El poema entra por pequeñas grietas del pensamiento y se instala en la conciencia. En uno de sus textos inéditos lo expresa con claridad:
las heridas son hendijas / para que entre o salga la luz / para que la oscuridad no nos invada / mi patria es una llaga.
Venezuela aparece allí como una herida histórica y emocional. El país perdido no constituye un simple recuerdo geográfico; es un espacio marcado por el desarraigo colectivo: «La separación familiar, los que se fueron, los que murieron sin volvernos a ver, los que enfermaron de tristeza o de hambre». Sin embargo, la poeta evita el lamento permanente. Prefiere transformar esa experiencia en conocimiento. «Ni la resignación ni la derrota son posibles para mí. Es como si mi fuego interior se rebelara y me empujara a vivir».
Erotismo: el cuerpo del lenguaje
En la poesía de Picón el deseo ocupa un lugar central. La presencia del cuerpo atraviesa sus textos con intensidad, aunque la autora se define como «una mujer de aire». «Vivo en mi mente desde niña», confiesa. Durante años se sintió más cómoda en el territorio de las ideas que en la experiencia material del cuerpo. La poesía apareció entonces como una forma de reconciliación entre ambos planos.
«El deseo en mí es muy lacaniano y la palabra me erotiza», afirma. En su universo poético el deseo nace en el lenguaje. Las imágenes construyen un espacio de seducción donde el lector participa en la creación del sentido. El erotismo, en su concepción, no se limita a la provocación. Implica una reflexión sobre el poder y la entrega. Picón recuerda una distinción de Octavio Paz entre amar y querer. «En el amor hay entrega; en el querer hay posesión». Esa diferencia resulta decisiva para entender su escritura.
En sus poemas el encuentro amoroso se plantea como una experiencia que involucra cuerpo, mente y espíritu. «El cuerpo es apenas una llave de acceso», subraya. El objetivo va más allá de describir el placer biológico: explora una forma de comunión que excede lo físico. Durante años, sin embargo, la autora dudó en publicar algunos textos eróticos. «Uno se pregunta si la voz propia será juzgada como indecente». Con el tiempo abandonó ese temor. «La madurez desmonta esa censura interior». Hoy su preocupación se concentra en la precisión del lenguaje. «El trabajo consiste en no caer en lo vulgar o en lo obvio. Hay que dejar espacio para que el lector reconstruya el poema con su propia experiencia».
El editor, lector radical
Además de poeta, Picón dirige el sello independiente DiEditores. La editorial nació en 2021 durante la pandemia, en alianza con el diseñador gráfico Hermis Rodríguez, a partir de una observación crítica del panorama editorial dominicano. Cuando llegó al país, Picón se sorprendió al encontrar libros con graves errores ortotipográficos y procesos editoriales incompletos.
«No se puede editar bien sin conocimiento, sin argumentos teóricos y sin criterio», plantea.Para ella, el problema comienza antes de la edición: en la idea de que todo texto merece publicarse. «Que algo rime o suene bonito no lo convierte en poesía». El editor, en su visión, cumple una función compleja. Debe comprender la lógica interna del poema, revisar su coherencia simbólica y dialogar con el autor sin imponer su voz. «Editar poesía es trabajar con pinzas», explica. Cada palabra puede alterar el equilibrio del texto.
Ese diálogo exige conocimiento literario y sensibilidad estética. «El lenguaje poético pertenece al reino de la imagen y del espíritu». En DiEditores el proceso editorial incluye varias fases de revisión y una conversación constante con el autor. El objetivo es potenciar la voz del autor, no domesticarla.
El libro como experiencia sensorial
La defensa del libro físico forma parte de la filosofía editorial de Picón. Para ella, la lectura digital no puede sustituir la experiencia material del texto. «El libro huele a memoria, a tinta, a papel», expone. Leer implica una relación sensorial con el objeto. Intervienen el tacto, el olfato, la vista y hasta la postura del cuerpo. «Somos seres tridimensionales».
La autora compara el libro con otras experiencias físicas fundamentales: «Los libros se leen con el cuerpo, como el sexo y como la comida». Por eso insiste en la calidad de los materiales y el diseño editorial. Un libro, señala, debe resistir el paso del tiempo. «Debe durar al menos treinta años». En una época marcada por la velocidad digital, esa permanencia adquiere un valor cultural. Publicar libros implica un gesto de resistencia frente a la fugacidad.
El arte frente a la violencia política
La poesía de Picón también se sitúa frente a la realidad política venezolana. Su posición no se presenta como propaganda ni consigna, sino como una respuesta ética. «El arte es una respuesta del alma a lo que le acontece», sostiene. Si el artista vive dentro de una comunidad —la polis, el espacio de la vida pública—, resulta imposible que su obra permanezca al margen de la historia. En contextos convulsos, la creación adopta una posición. En su caso, la poesía constituye una forma de denuncia y memoria: «Es una manera de alzar la voz contra la injusticia, la tiranía y la barbarie».
En el poema “Desgarro”, incluido en la antología Poemas a la deriva, ese dolor colectivo se expresa con intensidad: tengo un dolor tricolor / enraizado en mis ancestros. El poema continúa con una serie de imágenes históricas que recorren la memoria latinoamericana. La violencia política aparece allí como un ciclo que atraviesa generaciones. Sin embargo, incluso en ese registro, la escritura de Picón evita el nihilismo. La poeta insiste en la capacidad del arte para transformar la experiencia.
Una voz indomable
«Indomable, insurrecta»: así se define. No busca agradar ni adaptarse a expectativas externas. «No negocio mi voz», puntualiza. La frase resume su posición frente a la escritura. Para Picón, publicar implica asumir una responsabilidad con uno mismo y con el mundo. El autor debe responder por lo que dice. Al mismo tiempo, reconoce que no todos los textos pertenecen al espacio público: «Hay poemas que se quedan en ese metro cuadrado de la intimidad».
Al preguntarle qué espera de sus lectores, responde con ironía: «Que trituren los poemas, que los mastiquen, que los engullan. Y si quieren, que luego los escupan». La imagen revela su concepción del texto literario: una obra abierta que deja de pertenecer al autor en el momento de su publicación.
Si tuviera que condensar su relación con la poesía en una sola frase, elegiría una metáfora inesperada: «En poesía soy de helio». La ligereza del gas sugiere ascenso, expansión, desplazamiento. Tal vez esa imagen explique la forma en que su escritura atraviesa la experiencia del exilio: una materia leve que, aun marcada por la gravedad de la historia, insiste en elevarse.








