Por Adrian R. Morales
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El viento en la montaña no suena como en la ciudad. No tiene paredes que lo detengan ni ruido humano que lo distraiga. Sopla limpio, crudo, y en ese silencio —dice Thais Herrera— muchas veces se encuentra algo más que una cima: se encuentra claridad.

Su historia no comenzó en la nieve ni en las grandes cordilleras del mundo, sino en la zona oriental de Santo Domingo, donde nació y creció rodeada de una familia amplia y una infancia marcada por el contacto con la naturaleza. Entre sus recuerdos más felices aparece una imagen recurrente: los campamentos scouts. Entró siendo muy pequeña y su madre la acompañaba al inicio para asegurarse de que aquel entorno era adecuado. Con el tiempo ganó confianza, autonomía y liderazgo, hasta convertirse en guía del grupo de su colegio. «Eso era lo que más alegría me daba», recuerda.

Ese vínculo temprano con la naturaleza, sin embargo, no explica por sí solo el giro que tomaría su vida años después. La montaña regresó a ella en un momento de ruptura personal profunda. Herrera había enviudado pocos meses antes de quien fue su esposo durante dieciocho años. El montañismo no apareció como una meta deportiva, sino como un refugio emocional. «El montañismo es un desafío físico, mental y del alma. Yo fui a la montaña, en principio, para sanar mi corazón», afirma.

En ese proceso conoció a un grupo de personas que la inspiraron a dar un paso que parecía improbable: proponerse escalar las Siete Cimas, las montañas más altas de cada continente. Con el tiempo, el proyecto creció hasta convertirse en un reto mayor: completar el Explorers Grand Slam, que añade el esquí hacia ambos polos geográficos. «A mí me movió tocar fondo y encontrar esa paz en la montaña», expresa. La expedición se convirtió así en algo más que un desafío deportivo: en un camino de reconstrucción personal.

La ingeniería de sobrevivir

Si algo distingue a Herrera en el mundo del montañismo es su enfoque metódico. Ingeniera industrial de formación, concibe cada expedición como un proyecto de alta complejidad donde la planificación es tan importante como la resistencia física. En su visión, la montaña no perdona improvisaciones.

«Siento que la planificación técnica, la evaluación de riesgos y la logística se aplican perfectamente a las expediciones. Cumplir procesos y procedimientos es vital para mantenernos con vida», explica. Para ella, la cima no es el final del viaje: «Una expedición no termina en la cumbre, sino cuando llego a mi casa y abrazo a mis seres queridos».

Ese principio también guía la selección de los equipos con los que trabaja. Herrera subraya que el éxito de una misión depende tanto del rendimiento individual como de la confianza colectiva. Busca personas con experiencia comprobada, alto sentido de seguridad y capacidad para reducir riesgos. En entornos polares o de alta montaña, donde el margen de error es mínimo, ese criterio puede ser decisivo.

Su preparación física responde a la misma lógica de disciplina. Entrena de forma constante, tenga o no expediciones próximas. Viaja con frecuencia a Ecuador para trabajar en altura con montañistas y guías especializados, realiza fortalecimiento varias veces por semana y entrena en montañas locales. A eso suma simulaciones específicas: arrastre de trineo, exposición a frío extremo, ascensos repetitivos y ejercicios de resistencia mental.

Recuerda, por ejemplo, un entrenamiento singular en Santiago: replicar la altura del Everest subiendo y bajando la misma montaña hasta completar el equivalente. «Ese era un entrenamiento más mental que físico», comenta, aunque admite que el cuerpo también termina pagando
la factura.

La adaptación al frío, explica, es un proceso de autoconocimiento profundo. «La única forma es exponerse al frío y entender qué necesita tu cuerpo. A veces uno se abriga demasiado, empieza a sudar y eso puede ser peligroso». Ese aprendizaje lo consolidó en su preparación polar, que incluyó escuela de esquí, campamentos en viento extremo y noches en condiciones hostiles. La experiencia le enseñó que en el hielo no gana quien resiste más, sino quien se conoce mejor.

Un país de montaña, mar y posibilidades

Aunque su carrera se desarrolla en escenarios remotos, Herrera mira con frecuencia hacia República Dominicana y ve en el país un potencial enorme para el turismo deportivo. Considera que la isla posee condiciones excepcionales que todavía no se han aprovechado del todo en el ámbito internacional.

Recuerda que el Pico Duarte, la montaña más alta de las Antillas, ya alberga eventos exigentes como Pico Duarte Express y Pico Duarte Ultra, con distancias que llegan a los 100 km. 

También menciona los 100 km del Caribe, que cruzan Valle Nuevo, y otras oportunidades vinculadas al senderismo, la escalada y la exploración.

«Tenemos una oportunidad de oro con el turismo deportivo», sostiene. Para ella, el valor diferencial del país está en la combinación de escenarios. «Imagínate poder correr en la montaña y luego disfrutar de nuestros ríos color turquesa o de nuestras playas. Esa mezcla es única».

Herrera insiste en que ese potencial va más allá del senderismo. Habla de escalada en paredes naturales, rutas en cuevas y espacios todavía poco explorados que podrían atraer a un perfil internacional de viajeros interesados en naturaleza, desafío físico y experiencias auténticas.

Fui a la montaña para sanar mi corazón. Hoy veo que República Dominicana tiene una oportunidad de oro con el turismo deportivo y el contacto auténtico con la naturaleza.

Mientras tanto, su propio proyecto deportivo continúa en marcha. Aún le falta completar la ruta en esquí hacia el Polo Norte para cerrar el Grand Slam. Las expediciones han sido canceladas en tres ocasiones por cuestiones logísticas relacionadas con el acceso desde Rusia. Sin embargo, mantiene intacta la determinación. «Sigo entrenando para que, cuando la oportunidad llegue, yo esté preparada. Eso es lo que llaman suerte».

Su historia demuestra que las cumbres no siempre se conquistan con el primer ascenso. A veces se alcanzan mucho antes, en el momento en que una persona decide levantarse después de la pérdida, caminar hacia el silencio de la montaña y descubrir que, en medio del hielo o del viento, también puede reconstruirse una vida.