Arturo López Valerio
@alopezvalerio • www.arturolopezvalerio.com
Cuando en 2018 escribía sobre la gobernanza de la atención y cómo el dispositivo móvil había secuestrado nuestra capacidad de enfoque, no imaginaba que esa misma lógica terminaría reconfigurando un sector que mueve 707 mil millones de dólares anuales, según Fortune Business Insights. El turismo deportivo dejó de ser un nicho para convertirse en un ecosistema donde convergen inteligencia artificial, biometría, conectividad de nueva generación y una pregunta para República Dominicana: ¿seremos el escenario o los arquitectos?
Las proyecciones globales oscilan entre 1,984 mil millones de dólares para 2034 (Fortune Business Insights, CAGR 11.79 %) y 5,279 mil millones para 2035 (Market Research Future, CAGR 18.2 %). Esa brecha entre estimaciones no es imprecisión metodológica. Es la huella de un sector cuya velocidad de transformación depende de variables tecnológicas que todavía están en fase de despliegue. Quien primero entienda esas variables captura el valor. Quien llegue tarde paga la franquicia.
Del boleto de avión al algoritmo de experiencia
He documentado durante años cómo la amnesia corporativa erosiona valor en las organizaciones locales. En el turismo deportivo global, la IA está haciendo lo contrario: construyendo memoria institucional del viajero. Asistentes virtuales como Cicerone —ganador del AI Tourism Awards 2024 organizado por SEGITTUR y FITUR— o Guidegeek, que opera desde WhatsApp, lo cual debería interesarnos en una región donde esa plataforma domina la comunicación, diseña itinerarios completos calibrados al perfil biométrico, las preferencias gastronómicas y la capacidad física del usuario.
Expedia Group, con más de 350 modelos de IA integrados en su plataforma y 900 mil millones de predicciones procesadas al día a partir de 70 petabytes de datos, reporta que sus socios integrados han registrado incrementos de hasta 20 % en conversión directa de búsqueda a reserva. Más que una innovación cosmética es una muestra de cómo la ingeniería de datos es aplicada a la emoción.
Para los operadores hoteleros, los algoritmos de precios dinámicos analizan ocupación, tendencias de búsqueda y calendario deportivo local en tiempo real. Según McKinsey, estos incrementos oscilan entre 10% y 15% en RevPAR (Revenue Per Available Room o ingresos por habitación disponible), aunque implementaciones más agresivas documentadas por STR Global alcanzan hasta 30 % en el primer año. Mientras tanto, buena parte de nuestra planta hotelera caribeña sigue operando con la lógica de temporada alta y temporada baja, como si el turista de 2025 consultara un almanaque en lugar de un modelo predictivo.
De los recintos a la infraestructura cognitiva
Cuando analizamos el concepto de computación dimensional que Apple introdujo con Vision Pro, observamos un paralelo directo con lo que ocurre en los recintos deportivos. El Orange Vélodrome de Marsella opera como laboratorio vivo del 5G, mediante una colaboración entre Orange Business Services y Ericsson: network slicing para garantizar transmisión en alta definición sin saturar la red, edge computing para sincronizar audio con la acción en milisegundos, y aplicaciones que permiten al espectador mezclar fuentes de sonido según su preferencia. El estadio dejó de ser un lugar, ahora es una plataforma.
Los gemelos digitales —réplicas virtuales de recintos y ciudades enteras— simulan flujos de multitudes para reducir hasta un 30% los tiempos de espera y anticipan fallos de infraestructura antes de que ocurran. Para los organizadores de Brisbane 2032, este ecosistema digital se considera tan estratégico como el concreto y el acero. Es la misma lógica que he propuesto para nuestras ciudades: dejar de medir el progreso por lo tangible y empezar a valorar la infraestructura invisible que sostiene la experiencia.

El turista que compite, mide y comparte
El segmento de turismo deportivo activo crece al 16,14 % anual según Fortune Business Insights (período 2024-2032), y aquí la transformación es profunda. El viajero ya no quiere contemplar; quiere participar, medir su rendimiento y compartirlo. Los wearables evolucionaron de contadores de pasos a herramientas de diagnóstico que monitorizan variabilidad cardíaca, oxígeno en sangre y fatiga acumulada. Plataformas como Strava crearon ecosistemas donde la competición virtual y la geolocalización incentivan desplazamientos hacia destinos con rutas icónicas.
Según Persistence Market Research, aproximadamente el 73 % de la población global de la Generación Z prefiere experiencias de viaje inmersivas vinculadas a grandes eventos deportivos. Es el mismo fenómeno generacional que suelo documentar cuando analizo la economía de la atención: estas generaciones no distinguen entre lo físico y lo digital. Para ellos, la experiencia es una sola, y el destino turístico que no lo entienda simplemente desaparece del radar algorítmico.
La pregunta local
La brecha digital amenaza con convertir esta revolución en un privilegio concentrado. Las pymes turísticas locales carecen del capital técnico para integrarse al ecosistema digital. La recopilación masiva de datos biométricos plantea dilemas de consentimiento que nuestra regulación apenas intuye. Y la infraestructura de conectividad en zonas rurales del país sigue siendo insuficiente —por razones de asequibilidad— para soportar las experiencias que el mercado global ya demanda.
República Dominicana posee activos naturales extraordinarios que la tecnología podría potenciar exponencialmente. Playas, montañas, clima, biodiversidad. Pero la historia de nuestra región está marcada por un patrón que hemos documentado demasiado bien: somos el paisaje donde otros ejecutan su innovación. Lo hemos analizado en esta revista, con el comercio electrónico, lo hemos documentado con la inversión en IA —donde consumimos treinta dólares por cada uno que invertimos en desarrollo local— y lo vemos ahora con el turismo deportivo tecnológico.
La transición del «viaje para ver» al «viaje para vivir e interactuar» ya comenzó. Nuestro reto como destino no necesariamente es la infraestructura, sino la construcción de conectividad real, la formación del talento en IA aplicada, marcos regulatorios que protejan al visitante sin asfixiar al innovador, sumado a la decisión estratégica de dejar de ser consumidores netos de experiencias diseñadas por otros.
El turismo deportivo del futuro está conectado a la economía digital: quien controla los datos controla la narrativa. Y quien controla la narrativa captura el valor.







