Por Adrian R. Morales
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Por encima de las playas de arena blanca y el azul turquesa de Punta Cana, existe un mapa invisible trazado por voces y frecuencias. En la cima de la torre de control, José Daniel Suárez no solo vigila aviones; custodia la seguridad de miles de almas que ven en República Dominicana su destino soñado. A menudo, el turista que aterriza en el Aeropuerto Internacional de Punta Cana (PUJ) asocia el éxito del viaje a la calidez del hotel o la perfección del clima. Sin embargo, antes de que el primer pie toque tierra, una instrucción precisa garantiza que ese encuentro ocurra sin contratiempos. José Daniel Suárez, con 15 años de servicio activo y actual Secretario General de la Asociación Dominicana de Controladores Aéreos (ADCA), es una de las piezas maestras de este engranaje.


Un bautismo de fuego en la torre

El camino hasta la silla de mando no fue una coincidencia, sino el resultado de una selección despiadada. Suárez recuerda que su ingreso al Instituto Dominicano de Aviación Civil (IDAC) fue un proceso de depuración extrema: de 800 aspirantes que aplicaron al concurso, apenas 50 lograron superar las evaluaciones psicotécnicas y entrevistas. Lo que siguió fue un curso intensivo de siete meses que combinó la teoría más abstracta de la navegación aérea con la práctica pura en simuladores.

Para Suárez, la magnitud de su responsabilidad no llegó con el primer micrófono, sino con el primer gran desafío. Aunque recuerda su debut como algo «surreal», fue tras su traslado al PUJ cuando la realidad lo golpeó de frente. «La primera vez que sentí el peso de esa responsabilidad fue cuando la situación de tránsito se tornó sumamente compleja y pensé: “si cometo un error, si olvido una posición, o si no respondo de manera oportuna, esto se va a complicar”», confiesa con la honestidad de quien sabe que en su trabajo el peso de una instrucción no admite vacilaciones.


Desmitificando el control aéreo

Es esa presión constante la que separa a un controlador aéreo de cualquier otro profesional. Se le suele confundir con el personal de rampa, aquellos que dirigen a los aviones hacia sus posiciones de parqueo con linternas. Suárez, con la paciencia de quien ha corregido este error cientos de veces, aclara: «Sobresimplificando el concepto, la función principal del controlador de tránsito aéreo es evitar colisiones o separar aeronaves, tanto en el aire como en la plataforma».

En el Centro de Control vigilan el comportamiento de los vuelos, dan instrucciones para mantener separaciones críticas y coordinan con el aeropuerto cualquier anomalía. En la torre, son los directores de la orquesta en los despegues y aterrizajes. Pero no solo gestionan el metal; son la fuente principal de información meteorológica y de seguridad para los pilotos.


La gestión en el epicentro turístico

En un entorno como el Aeropuerto de Punta Cana, donde convergen tripulaciones de todos los rincones del planeta, el orden es la única norma posible. «Todos los pilotos tienen que hablarnos en inglés o en español al llegar a nuestro espacio aéreo», explica Suárez, y hace énfasis en la importancia de la fraseología aeronáutica, un sistema de comunicación estandarizado que no admite ambigüedades.

No obstante, el reto en Punta Cana no es idiomático, sino estacional y operativo. Debido a la naturaleza del turismo dominicano, los vuelos tienden a condensarse en franjas horarias muy específicas. «Esto presenta retos de organización en rampa y priorización de las operaciones para así garantizar la seguridad y la mínima demora a cada operación», señala, y deja ver que su trabajo es un ejercicio de microgestión constante.


Estrategias contra el estrés extremo

Para alguien que vive con la responsabilidad de miles de vidas diarias, el control del estrés no es un lujo, es una herramienta de trabajo. Cuando el cielo se satura, Suárez tiene un método muy preciso para mantener la sangre fría: «En lo personal, mi principal herramienta para manejar el estrés es entrenar; es una manera eficaz que considero debería fomentarse más».

El ejercicio, comenta, es solo una parte; la verdadera clave reside en la sinergia con sus colegas. «Es muy importante mantener el ambiente laboral tan ligero como sea posible, ya que es fácil abrumarse en los momentos pico, y si no se tiene un entorno favorable y buena sinergia con los compañeros, eso es un peso agregado a la carga de trabajo».


El engranaje operativo de cada jornada

El día a día en su puesto es una coreografía que comienza mucho antes de que el primer avión toque tierra. Su jornada arranca a las 6:00 a. m., seguida de un briefing esencial entre el personal de torre, aproximación, meteorólogos y supervisores de operaciones. Allí se disecciona cada detalle: desde las novedades operativas hasta cualquier incidencia climática.

«Durante todo el día la comunicación y coordinación con las demás dependencias de control es constante y fluida para poder mantener un flujo de operaciones óptimo», explica. Es un engranaje donde el error no tiene cabida, y donde la formación continua es, en sus palabras, «vital», dado que la aviación evoluciona a pasos agigantados tanto en tecnología como en procedimientos.


Sábado de tormenta: cuando la teoría se pone a prueba

Cuando se le cuestiona sobre cuál ha sido el desafío profesional más grande, Suárez prefiere hablar de «momentos» antes que de un único evento. Describe una tormenta perfecta: «Sábado en la tarde en meses de temporada alta, condiciones meteorológicas adversas en el espacio aéreo y espacios aéreos adyacentes, lo cual implica restricciones de salida, baja visibilidad, una cantidad absurda de coordinaciones internas y uno o varios tránsitos que declaran emergencia».

En esas situaciones la teoría se queda corta y lo que se impone es la sinergia. «Solo un equipo de trabajo dedicado, capacitado y armado de cohesión saca a flote un turno de trabajo así de cargado, y puedo decir sin temor a equivocarme que es lo que me ha tocado en esos turnos de trabajo en Punta Cana».


Más allá del radar

Para aquellos jóvenes que hoy miran al cielo con curiosidad, Suárez desmitifica la idea de que se requiere ser un genio de las matemáticas. «Más que una mente matemática, diría que la capacidad de combinar planificación, tiempo de respuesta y resolución de problemas, junto con un buen sentido de ubicación espacial, son actualmente las principales habilidades necesarias».

Es una profesión de disciplina, de visión y, sobre todo, de un compromiso inquebrantable con la seguridad del Estado. Porque, como bien apunta Suárez, el éxito turístico dominicano no sería posible sin este cuerpo de controladores: «Somos la primera y última línea de defensa del sistema de navegación aérea».

Al final, su labor trasciende el radar y los números. «No es cuestión de ego», confiesa con una humildad que define su carácter. «Cada vez que manejamos una situación apremiante de un vuelo, y nuestras acciones e instrucciones contribuyen a que ese vuelo complete su operación de manera segura, es la sensación del deber cumplido más increíble que existe. Nosotros los controladores somos un componente clave de todas esas estadísticas de éxito que colocan a República Dominicana como un polo turístico a escala mundial y como un referente de aviación segura en la región y en el mundo».