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Sierra Leona, un diamante con otras facetas

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Sierra Leona, un diamante con otras facetas
Sierra Leona, un diamante con otras facetas
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Sierra Leona está moviendo las fichas para insertarse en el mapa mundial del turismo. En 2019 el país de África occidental participó por primera vez en su historia en la Feria Internacional de Turismo FITUR, celebrada en la capital española. Lo hizo con su mejor sonrisa, como quien desea dejar atrás una imagen que por años ha causado inconmensurable dolor y espanto.

En un sector tan competitivo y en plena era de la información no es tarea fácil conquistar al viajero, sobre todo si se trata de uno de los países más pobres del mundo; cifras recientes del Fondo Monetario Internacional lo ubican en cuarto lugar entre las naciones con menor Producto Interno Bruto (PIB) per cápita, apenas US$489,31, solo superado por tres vecinos continentales: Malaui, Burundi y Sudán del Sur.

A pesar de sus abundantes recursos mineros y pesqueros, Sierra Leona no ha podido prosperar y mucho menos gozar de las bondades del turismo. Unos 54.000 turistas extranjeros se aventuraron a viajar al país en 2016, en contraste con los 98.000 que recibió en 1990. El ébola, que por su forma de trasmisión –a través del contacto estrecho– diezmó entre 2014 y 2016 a familias enteras y dejó en la orfandad a numerosos niños, y una devastadora guerra civil que reinó entre 1991 y 2002, son el rostro más conocido de esta nación.

Hoy las autoridades luchan por apagar los fantasmas del pasado: diamantes de sangre, niños soldados, mutilación femenina, masacres, tragedias, enfrentamientos entre etnias, anarquía, ébola y otras problemáticas que de todo eso se derivan, como el matrimonio infantil, el derecho a la identidad, el trabajo infantil… La extracción de diamante, uno de sus principales recursos, lejos de propiciar el desarrollo, fue uno de los desencadenantes de la violencia.

Para colmo, la famosa película Blood Diamond (Diamante de sangre), dirigida por Edward Zwick, protagonizada por Leonardo DiCaprio y candidata a cinco premios Óscar, no se filmó en Sierra Leona (la mayor parte del rodaje se efectuó en Sudáfrica y Mozambique), por lo que el país no pudo exhibir sus hermosas playas ni beneficiarse con los dividendos que deja el cineturismo. Aunque el filme de 2006 denunciaba el tráfico ilegal de diamantes y pretendía hacer un llamado a la ética a la hora de adquirir esas piedras preciosas, abría una herida en un país que intentaba sepultar los horrores de la guerra civil.

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Fascinado desde un atlas

De pequeño me llamaba la atención Sierra Leona. Amante de la geografía, tuve varios atlas, en mi natal Cuba, y el nombre de ese país ejercía cierta fascinación en mí. Recuerdo que hasta me emocioné, a pesar de mi corta edad por aquel entonces, al ver competir a atletas sierraleoneses en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980. Para agregar misticismo, en mi incipiente colección filatélica había varios sellos de “Sierra Leone” que heredé de un tío abuelo. 

En octavo grado me tocó hacer un trabajo de clase que incluía una exposición sobre un país africano y no es difícil imaginar cuál elegí. Así supe que limita con Guinea y Liberia y sus costas las baña el océano Atlántico, que el nombre de su capital es Freetown, su lengua oficial el inglés, aunque la lengua dominante es el krio (una mezcla de inglés con dialectos africanos), y otros aspectos, entre ellos el tráfico de esclavos y su pasado colonial como parte del Imperio británico.

En las enciclopedias encontré una versión de su etimología: el nombre (Serra Leoa) se lo dio en 1462 el explorador portugués Pedro da Cintra, debido al fuerte oleaje que rompía en las rocas y simulaba el rugir de leones; y un dato curioso, no hay leones en el territorio, solo el nombre de la moneda, el leone (hoy una de las más devaluadas del mundo: 1 dólar ronda los 9 mil leones).

Conocí también que Cuba y Sierra Leona establecieron relaciones diplomáticas en abril de 1972. Por eso no me sorprendió que durante el brote de ébola de 2014, el país que me vio nacer enviara de inmediato, ante el llamado de la Organización Mundial de la Salud, una brigada médica de 165 profesionales de la salud.

Esclavos en altamar

No podía imaginar en mi adolescencia que un día escribiría de Sierra Leona sin haber puesto un pie en esa pequeña nación, llamada también el Caribe de África. Y es que el turismo es un fenómeno –como bien lo ha definido el experto argentino Miguel Ledhesma, director de la Organización Mundial de Periodismo Turístico (OMPT)– que engloba varias actividades y lo conforman esas personas que nos encontramos mientras nos movemos por el mundo.

Durante mi estancia en Uruguay tuve la suerte de conocer en el Museo de las Migraciones (MUMI) a Paola Gatti, licenciada en Ciencias Antropológicas por la Universidad de la República (UDELAR). Su tesis de grado “De trabajadores del mar a solicitantes de asilo: Una aproximación etnográfica a los procesos de ‘integración’ de jóvenes cristianos y musulmanes de África occidental en Montevideo” versaba, casualmente, sobre un caso del que yo había escuchado en 2014, de amplia repercusión en la prensa internacional.

“Veintiocho pescadores africanos han denunciado ante las autoridades de Uruguay haber sido esclavizados en un pesquero chino que recaló en Montevideo y en el que sufrieron maltratos y desnutrición. También han denunciado que durante el viaje enfermaron y no cobraron sus salarios durante siete meses, según han informado fuentes gubernamentales y sindicales”, publicaba la agencia EFE en mayo de ese año. Los pescadores eran nacionales de Sierra Leona y Ghana.

Paola también se enteró del caso por la prensa, que en Uruguay tuvo extensa cobertura. Sin embargo, que fuera el centro de su investigación fue fortuito. “Fue algo del azar conocerlos personalmente. Yo me había ofrecido a dar clases de computación a migrantes dominicanos que también habían arribado a Uruguay en 2014, y el día que comenzaban las clases no llegó nadie de Dominicana, pero sí los jóvenes africanos”, relata la joven profesional.

A medida que avanzaban las clases, Paola se iba adentrando en la vida y las experiencias de esos jóvenes. “En el año 2016 debía presentar el proyecto de investigación para mi tesis de grado en Antropología Social, e investigar este tema me permitiría cumplir con las exigencias de mis estudios y profundizar en su cultura y su religión”. De esta manera pudo ser testigo de la integración a la sociedad uruguaya de los africanos que optaron por quedarse.

Del exotismo al estigma

El estudio refleja diferentes situaciones de discriminación que los jóvenes africanos relataron haber atravesado en Uruguay, un país que no practica la deportación, “no importa la vía de ingreso, lo cual no quiere decir que el proceso de regularización sea sencillo”, refiere Paola y menciona que los migrantes africanos vivieron situaciones de racismo en el ámbito laboral y de violencia institucional durante los recorridos legales para regularizar su estatus migratorio. “Se daba el caso, por ejemplo, de que casi nadie se quería sentar al lado de ellos en el transporte público”. Ella los acompañó durante gran parte del proceso y les sirvió de intérprete.

Uruguay, una nación que se forjó por migrantes de Europa del Sur y Central, no veía desde hacía décadas una marcada oleada de migrantes. Ya no son españoles e italianos los que vienen, sino latinoamericanos –parte del éxodo venezolano– y de otras latitudes para formar un crisol de culturas que enriquece el tejido social del nuevo Uruguay.

Paola toma el concepto de “exotización” de la antropóloga brasileña Alcida Rita Ramos, que lo emplea para referirse a cómo las poblaciones indígenas son percibidas por parte de los sectores hegemónicos de la sociedad en el vecino Brasil. “Utilizo este término para analizar cómo en el caso de Uruguay, cuya población afrodescendiente ha sido históricamente marginada e invisibilizada, resulta inconcebible para muchos que personas con un fenotipo de piel negra oscura, idiomas desconocidos y religiones como el islam (que para los uruguayos podrían llamarse ‘exóticas’), puedan ser consideradas ciudadanos ‘uruguayos’”.

Y es aquí cuando cobra mayor sentido la canción de Rafael Amor, genial cuando la interpretaban a dúo Alberto Cortez y Facundo Cabral: “No me llames extranjero, porque haya nacido lejos / O porque tenga otro nombre la tierra de donde vengo…”.

Aires de esperanza

Uno de aquellos pescadores sierraleoneses es Umar Bang, quien tenía 21 años cuando desembarcó en Montevideo. “Mi país es muy pobre y ha sufrido muchas tragedias. Me fui en busca de un mejor futuro para mi familia y para mí y porque quiero lograr algo para ayudar a mi país”. Confiesa que en estos cinco años fue difícil adaptarse por la barrera del lenguaje, el frío invierno y la situación laboral. Hoy trabaja en un restaurante y puede enviarle dinero a su familia. A pesar de que extraña sus raíces, su variada gastronomía, su cultura, sus playas tropicales, siente que en Uruguay puede salir adelante y lo considera su segundo hogar.

“Nuestro presidente está dando pasos positivos en cuanto a turismo”, señala Umar al referirse a Julius Maada Bio, del Partido Popular de Sierra Leona (SLPP) que ganó los comicios en 2018 y prometió implementar medidas para aliviar la pobreza y promover la educación pública gratuita. El turismo podría ser una alternativa a la minería, plantean algunos expertos. Sea cual fuere el camino de Sierra Leona, podemos ponerla desde ya en nuestro “bucket list” porque, como dijo su delegación en Fitur 2019, es un destino “Sierraously surprising”.

¿QUÉ HACER EN SIERRA LEONA?

Ver los hipopótamos enanos de la isla Tiwai antes de que se extingan, visitar el santuario para chimpancés de Tacugama, explorar el Parque nacional Outamba Kilimi, bucear y pescar en las islas Tortuga o las islas Banana, darse un chapuzón en las playas de Freetown (Hamilton, Luley o Lakka), pasear en bote y ver los cocodrilos en la playa River No. 2 –que saltó a la fama por ser escenario del anuncio de una marca de chocolate–, surfear con los chicos de la escuela de surf de la playa Bureh y desconectarse del mundo en el proyecto ecoturístico Rogbonko Village.

Por Adrián Rafael Morales González
Editor de contenido
adrian.editor@gmail.com