Cuando pensamos en Haití, a todos nos llega a la mente la misma sensación de pobreza. Y es cierto, existe y bastante; es lo que nos venden los noticieros. Pero pocos nos dan a conocer la otra cara de la moneda, la otra cara de Haití, esa que va mucho más allá de los prejuicios.

Para encontrarme con este Haití me dirigí al norte del país, donde existe un rico campo de opciones para disfrutar de un turismo sostenible, de “sol y playa” –característico del Caribe–, monumentos históricos, sabrosa gastronomía y el trato cordial de su gente. ¿Pero cuántos de nosotros realmente se atreven a vivir la experiencia, por llamarla así?

Después de este gran viaje tengo una visión más amplia del vecino país. Detrás de todos los comentarios negativos emitidos en su contra, encontré algo que nunca imaginé. Me di cuenta de que Haití tenía otro rostro que yo desconocía. Quizás el Haití turbio y gris sea el que muchos identifiquen como el auténtico, el impactante y verdadero, pero también existe la otra cara llena de colores. Si tiene la oportunidad, le invito a que lo conozca.

Cabo Haitiano

A pesar de su difundida realidad, en Cabo Haitiano se respira sosiego, deseos de superación, pero sobre todo cultura, palpable cuando caminas en sus pintorescas calles y sientes que te transportas a un pueblo que pudiera estar en cualquier otro lugar del mundo.

Su centro urbano acoge la mayor concentración de edificios de arquitectura colonial francesa del país, entre los que se destaca la imponente Cathédrale Notre-Dame, ubicada frente a la Plaza de Armas y símbolo del gran respeto que sienten los haitianos por el catolicismo, religión que representa el 80% de su población, mientras que el 20% apoya la protestante y paradójicamente un 100% practica el vudú.

Milot

Pese a ser un país que se encuentra en proceso de recuperación ocho años después del terremoto de 2010, muchos de sus monumentos que datan de comienzos del siglo XIX permanecen intactos, entre estos se incluye La Ciudadela de Laferrière en Milot, la fortaleza más grande en toda América y una de las mejores conservadas del mundo, construida  en 1820 bajo la orden del rey Henri I de Haití, mejor conocido como Henri Christophe.

Se dice que sus rocas fueron selladas con una mezcla de cal, melaza y sangre de chivos y vacas, que se sacrificaron como un acto vudú para otorgar protección y fuerza a la edificación. Hay quienes aseguran que cuando la noche tiene un cielo despejado, se puede ver a lo lejos las luces de la vecina isla de Cuba.

Siguiendo el recorrido histórico, en la cima de la montaña que lleva hacia la antigua fortaleza se encuentran las ruinas circundantes del Palacio de Sans-Souci, el que fuera la residencia del rey Christophe. Según la leyenda haitiana, el rey se suicidó dentro del castillo utilizando una bala de plata, tras quedar paralítico y haber sufrido pérdidas económicas sustanciosas. Desde 1982 las ruinas y la fortaleza forman parte del patrimonio de la Humanidad declarado por la UNESCO.

Labadee

Solo hace falta visitar la bahía de Labadee para descubrir el encanto que posee Haití. Este paradisíaco territorio resguardado por la naviera Royal Caribbean hasta 2050 es un edén. Su tupida vegetación y sus playas de arenas blancas, bañadas por aguas cristalinas y serenas del Atlántico, son muy similares a las del sur y este de República Dominicana. Un recorrido en uno de los tradicionales botes por sus playas más populares, como Paradise o Kadras, Ile-a-rat o Isla Amiga, Cayo Ile d’Amour y Belly Beach, es algo que el viajero no puede dejar de realizar.

Gastronomía

Otro factor sorpresa en la visita a Haití es su exquisita gastronomía. Debo admitir que el restaurante Lakay en Cabo Haitiano se ganó mi corazón, aquí probé los mejores quipes del mundo, hasta perdí la cuenta de cuántos me comí…, y ni hablar de la yautía frita, son un gustazo al paladar.

Quizás el éxito del delicioso sabor de la comida haitiana se deba a la mezcla de los diversos estilos culinarios de los grupos étnicos que por allí pasaron desde el descubrimiento de la isla: amerindios taínos, españoles, franceses y africanos. Por lo general los haitianos usan pimientos y otros condimentos fuertes, sus alimentos son moderadamente picantes y muy sabrosos.

Música

Al igual que su gastronomía, la música haitiana es un puñado de otros géneros combinados. Los más comunes son el kompa, también deletreado “compas” en francés, uno de los estilos más duraderos y populares. En su composición se mezcla la música europea de bailes de salón con el merengue para armar la base. La pareja realiza movimientos muy sensuales y lentos, alusivos al acto sexual.

En la década de 1950 algunos aspectos de la música kompa se utilizaron en la creación de un nuevo género musical llamado zouk, que se hizo muy popular en Haití en el período 1980-1990 y se extendió a Francia y África Occidental. Sus intérpretes suelen cantar en francés, y la mayoría de sus canciones son románticas. Por otro lado, vudú también se le llama a la música popular asociada a la cultura religiosa del mismo nombre. Se utiliza como parte de ceremonias religiosas, y consiste en golpear y evocar golpes de tambor.

ElinCapellan


Elín Capellán
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