Tal vez porque significa “pura, inmaculada”, el nombre Catalina lo han llevado varias reinas del mundo, incluida Catalina la Grande de Rusia. Antes, cuando se fundó Santo Domingo, los españoles le dieron ese patronímico real a la cacica que gobernaba la comarca. Hoy día la Catalina que más suena entre nosotros es una planta eléctrica ubicada cerca de Baní. Pero pocos conocen nuestra isla Catalina y menos los que saben que su potencial turístico está frustrado por la sinrazón de mantenerla como área protegida y por un temor político infundado.

Situada a dos kilómetros de tierra firme y a 5,4 km de la ciudad de La Romana, tiene un territorio de 9,18 km2 con 4,5 km de largo. Descubierta por Colón en 1494, la isla fue usada por el cacique Cotubanamá y por piratas y bucaneros (Drake, Cofresí, Kidd y Morgan). En 1889 Lilís dio permiso para que uno de sus generales explotara su madera preciosa. En tiempos de Trujillo se usó para las prácticas de tiro de la Aviación Militar y Ramfis le introdujo monos, conejos y mapaches. Hoy solo la habitan unos cuantos guardaparques.

Designada como Monumento Natural, tanto su flora como su fauna se consideran más pobres que las de tierra firme y no tienen ningún endemismo. Ya no hay monos ni cerdos cimarrones, pero existen conejos, ratas, gatos, reptiles y aves marinas. Los mapaches, una especie invasora, son omnívoros y grandes depredadores. Han proliferado de tal forma que hoy amenazan a los turistas que visitan y a los nidos de las tortugas carey.

Muchas pequeñas embarcaciones llegan a la isla diariamente. El Ministerio de Medio Ambiente permite una amplia gama de actividades recreativas, entre ellas deportes acuáticos y buceo. En sus tres kilómetros de excelentes playas –con una franja de entre 10 y 30 metros– se recrean los cruceristas de barcos que fondean en el muelle de La Romana o frente a la isla. La concesión de uso más importante es la otorgada a Casa de Campo y Costa Cruises con esos fines.

Frente a la depredación pasada de la isla, el impacto negativo del turismo ha sido poco. Por ejemplo, antes que arribara el turismo todos sus recursos madereros fueron diezmados y la pesca intensiva ha hecho que se reduzca el caudal pesquero de la zona. Asimismo, la cacería ha reducido drásticamente las especies de aves. Los residuos sólidos de La Romana han causado tanto o más daño a los corales circundantes que el buceo y las embarcaciones.

The Nature Conservancy, una ONG extranjera, elaboró el “Plan de conservación del Monumento Natural isla Catalina” (2011) para contrarrestar esos impactos negativos. Este ve la isla como un “sitio relevante en cuanto a sus valores de biodiversidad, ecológicos y/o culturales, independientemente de la escala espacial del sitio o del tipo de biodiversidad que se pretende conservar”. Como recurso turístico clave de la región, señala que “urge trabajar en una planificación conservacionista, para que este desarrollo sea lo más sostenible posible”.

El Plan, sin embargo, prácticamente previene un mayor desarrollo turístico. Aunque dice que las amenazas más importantes al ecosistema son las que atañen a las tortugas de carey y a  los corales, el desarrollo urbanístico “pende sobre todos los objetos de conservación, tanto terrestres como marinos, pues una transformación de ese tipo provocaría el cambio del uso del suelo, la generación de residuos y la transformación total de la isla en beneficio del turismo”. El Plan asume que un desarrollo hotelero-inmobiliario sería devastador.

Lo injustificado del temor se puede comprobar visitando los sitios de otras islas donde esos desarrollos existen (www.visitcatalinaisland.com). Pero la contradicción mayor es que el Plan vislumbra esa posibilidad cuando dice que “el estatus de área protegida impide la materialización de esta amenaza, pues para ello sería necesario un cambio en la legislación vigente”. La curiosa sugerencia se refiere a la Ley 202-04 sobre Áreas Protegidas, la cual está llena, según un reporte de la Academia de Ciencias, de dislates e incongruencias.

El Plan contradice las directrices que establece la UICN (2008), el organismo rector de las áreas protegidas en el mundo, sobre los monumentos naturales. Sobre los usos permitidos dice: “A menudo se fomentan las visitas y los usos recreativos y la investigación y la monitorización están limitadas a la comprensión y el mantenimiento del rasgo natural concreto. El énfasis de la gestión de la categoría III no reside en la protección del ecosistema en su conjunto sino de sus rasgos naturales concretos”. Tal dictamen defenestra el afán por retener la isla como un área protegida.

Su categoría de protección ha sido cambiada dos veces. El nuevo cambio consistiría en designarla “área nacional de recreo”, la categoría en que la Ley 202-04 colocó a Bahía de las Águilas para facilitar su desarrollo. Y si los ecologistas recelan de los desarrollos hotelero-inmobiliarios, la solución es crear en Catalina un gran parque de atracciones con un túnel de acceso subacuático de vidrio acrílico. Así se evitaría cualquier alegado peligro de dañar al ecosistema y su supuesta singularidad.

Esta opción permitiría los usos actuales y el temor a ofender a los concesionarios estaría así infundado, especialmente si se les invita a participar como accionistas del parque de atracciones. Mientras, para que la isla vuelva a calificar como “pura” e “inmaculada”, se deberá declarar no gratos a los depredadores mapaches y a los agresores de los corales.

Juan LladoPor Juan Lladó
Periodista / Consultor turístico
j.llado@claro.net.do