A mediados de los sesenta, usted podía manejar desde Santo Domingo hacia el Este durante siete u ocho horas y al final encontrar solamente monte, una playa de arena blanca y muy poca gente. Veinte años después podría hacer el mismo trayecto –esta vez en cinco horas– y ¡sorpresa! encontrar media docena de hoteles playeros, algunos pueblitos y, todavía muy poca gente.

Hace diez años encontraba turistas por donde quiera, una locura de construcción y una comunidad de 25.000 personas, 99% de alguna otra parte que no fuera de aquí. Desde 2007 ya se veían centros comerciales, cines, supermercados y una población de unas 60.000 personas distribuidas a lo largo de los 200 km2 del hoy distrito municipal turístico Verón-Punta Cana. ¿Impresionante? Sí, pero todavía la capital estaba a más de cuatro horas de distancia. Desde hace dos años, Santo Domingo está a una hora y cincuenta minutos.

Cap Cana marina

¿Y es que estos puntacanenses son de otro planeta?

En 1969 el paraje El Salao era solo fincas ganaderas, mosquitos y una playa. Los pocos habitantes que vivían en pueblitos (El Cortecito, Yauya, Juanillo) subsistían de la pesca y del cultivo del tabaco o coco. Las playas eran visitadas generalmente en Semana Santa por unos pocos aventureros que se atrevían a ir de campamento en esas soledades. Luego, algunos higüeyanos adinerados construyeron cabañas rústicas en varios lugares o en sus fincas.

El pulso de la vida en República Dominicana para esos tiempos era particularmente lento. A principios de los setenta, el abogado y filántropo estadounidense Teodoro (Ted) Kheel, junto a la familia Rainieri-Marranzini, se atrevió a construir diez cabañitas dobles y las bautizó como “Punta Cana Club” y a corta distancia, una rústica pista de aterrizaje que habían hecho en medio del bosque. Así comenzó el aeropuerto de Punta Cana.

Las familias tenían que recorrer unos 250 kilómetros desde Santo Domingo y tardarse primero unas cuatro horas hasta Salvaleón de Higüey, capital de la nueva provincia La Altagracia (1962) y luego otras cuatro horas bordeando la costa desde El Macao por un caminito de arena que conectaba cuarteles de la Armada y pueblecitos hasta llegar a los alrededores de un lugar que se llamaba Yauya –aparentemente nombre indígena– por un río subterráneo. El otro nombre, según el pionero Frank Rainieri, era “Punta Borrachón”, ciertamente no apropiado para un resort.

En 1978, después de muchos años convenciendo a inversionistas, lograron que el famoso Club Med construyera un hotel de 250 habitaciones cerca del primigenio Punta Cana Club. Luego, las cabañas fueron sustituidas por el hotel Punta Cana de 200 habitaciones, nombrado Punta Cana Resort & Club.

A mediados de los ochenta, la cadena hotelera española Barceló abrió un primer hotel de 500 habitaciones en la playa que renombraron Bávaro. Otras familias de hoteleros españoles como Meliá, Matute, Fluxá y Riu pronto le siguieron. A mediados de los noventa, más cadenas españolas se sumaron, y algunas dominicanas se unieron a la locura. Solo en 1997 se construyeron, al mismo tiempo, 17.000 habitaciones. Una tercera ola de inversionistas, primero mexicanos, venezolanos y luego canadienses y estadounidenses, completan las actuales 40.000 habitaciones hoteleras.

Todavía en 2004, la “Zona”, como gustan los puntacanenses de referirse a esta –a veces desconcertante– parte del país, era una soñolienta tira de playa con hoteles de lado a lado por kilómetros y sin ningún desarrollo urbano de importancia. Dispersos estaban El Cortecito, Los Corales y Costa Bávaro. Estaban creciendo también el tristemente célebre Hoyo de Friusa y hacia el sur, Verón. Antes de 1997 no había estaciones de gasolina, solo unos pocos restaurantes sobre todo para los constructores, prostíbulos y rústicos conjuntos de apartamentos para empleados.

Luego… ¡el pandemónium otra vez!

En 2005 una nueva locura de construcción de apartamentos, plazas comerciales, ferreterías, casas pequeñas, naves industriales, edificios de oficinas, siempre sin ninguna planificación, toma por sorpresa hasta los curtidos residentes: camiones cargados de fundas de cemento, acero y bloques con obreros encima, transitaban 16 horas al día, siete días a la semana.

¡Y más! La construcción de Cap Cana puso a “la Zona” de cabeza. Miles de recién graduados, entre arquitectos, ingenieros, hoteleros o mercadólogos, fueron atraídos por los altos salarios y se lanzaban a comprar en los pocos –y caros– minisupermercados o tiendas de ropa disponibles. Llenaban canchas de deportes no tradicionales como paintball o golf. Los clubes de motociclismo, mountain bike o bares playeros crecieron como hongos. En 2006 también se podía ver a los turistas haciendo filas en las oficinas inmobiliarias locales comprando cualquier cosa que se les ofreciese, muchas veces apenas con unas líneas escritas sobre una servilleta.

En 2007, “la Zona” pasa de ser un paraje a categoría de Distrito Municipal con una primera alcaldía. Y aún con la crisis de 2008, el destino turístico comenzó a madurar hasta convertirse en una comunidad cosmopolita con grandes plazas comerciales, cines, escuelas, calles asfaltadas, mucha seguridad ciudadana y una comunidad ya identificada con su desarrollo y el futuro; pero todavía a más de cuatro horas de Santo Domingo por una carretera construida en los setenta.

Hard Rock

Finalmente

Luego de cuatro décadas, en 2014, la mundialmente famosa Punta Cana, con el único aeropuerto privado del Caribe –300 vuelos diarios y tres millones de turistas anuales– ve la apertura de la Autopista del Coral, la cual pone por fin a este otrora aislado, casi autónomo, rincón del extremo Este de La Hispaniola, al alcance del resto del país.

Así es que, para el viajero de otros tiempos, Punta Cana es de nuevo un lugar a redescubrir: nuevos centros comerciales, urbanizaciones, aceras (¿creerían que no las hubo por 40 años?), estaciones de combustible (¡solo hubo dos en 17 años!) o hasta peluquerías. Ahora usted puede escoger entre más de 50 restaurantes, disfrutar de la sala de espectáculos Coco Bongo y viajar cómodamente por las flamantes autopistas para conocer los hermosos paisajes de esta parte de La Hispaniola. ¡Que disfruten!

Coco Bongo